EL
CUADERNO
O el comienzo de otra crónica
Es una tarde de comienzo de setiembre de
2023 cuando me enfrento a ordenar un
poco el caos de papeles que me rodea.
Eso implica decidirme a tirar y
desprenderme de cosas que tengo la
certeza que no voy a volver a mirar.
Sé que poseo un apego de acumulación absurda de programas, mapas, invitaciones, diplomas,
fotocopias, libretas, notas, apuntes, agendas en desuso y libros que no he leído ni pienso leer. Es
un deseo firme que me ha acompañado largo tiempo. También es hacer lugar a
nuevos libros sin morir en el intento.
¿Quién no ha sentido tan loable impulso?
Me muní de tres cajas medianas que pedí
en el supermercado vecino; me dije que lo encararía con determinación, sin
ansiedad, al ritmo que fuera surgiendo, y eso sí, con la meta definida hasta el
final, sin distracciones, ni interrupciones.
Pero me temía que podían existir encuentros ineludibles y aquí estoy frente al
cuaderno que me acompañó en el taller literario de Roberto Appratto, al que
ingresé en marzo de 2002 y cuya última anotación data del 23 de abril de 2013
El magnífico plan falló en forma
rotunda.
Se trata del taller de escritura
creativa al que concurro hasta el presente, con altos y bajos. Es probable que
la detención en abril de 2013 hubiera correspondido a un bajo, porque quedaron
algunas páginas sin llenar. El alto
posterior que recuerdo ya fue en época de tablet y tecnología, quizás por 2016
y deberé recurrir a la memoria.
Expresé la circunstancia como
ineludible. Es que ahí estaba mi
cuaderno con aire inamovible, grande y fuerte, con su tapa alegre cubierta en tela rústica,
elegido con cuidado así, porque necesitaba alegrarme. Ineludible, porque ¿cómo
podía eludir la curiosidad? Me estaba
escondiendo una larga historia de
creatividad compartida.
Lo que no podía prever al comienzo, al
empezar a ojearlo y hojearlo, fue que en mi vida entraran en forma impetuosa
los compañeros, las compañeras, los libros recomendados y leídos con voz clara,
metálica, de profesor, borradores emborroneados, y la imagen de Roberto siempre, dirigiendo esa sinfónica y su coro
polifónico. Se desplegaron
sorpresivamente, como en una ráfaga vivificante, todos esos años
y como un rayo de sol, que nos atraviesa
al abrir una persiana, fue presente.
Y me habitó. Penetró ocupando el
espacio con risas, voces, discusiones, y sobre todo creación, .
Ahora, con temor y humildad, trato de
recrear algunas de esas anotaciones, buscando el milagro de convertir imágenes y vivencias,
con sus vibraciones, colores y sonidos,
en literatura.
No
son recuerdos, son presencia
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